9/04/2007

El club termal que emana 'glamour' y salud





Hace un siglo abrió sus puertas un balneario majestuoso y colosal que ofrecía un placer desconocido en la época: baños de sal, lodos, algas, masajes... Hasta el Gran Hotel Hesperia La Toja han acudido importantes celebridades en busca de la paz de un hermoso paraje y la riqueza terapéutica de sus manantiales, que se sitúan entre los mejores del mundo.

'La Chata'. La Inbfanta Isabel II, asidua del hotel.

David Rockefeller jugó en el campo de golf.

Estancias. Imagen de la Sala del tresillo

Interior. Frescos que decoran el salón principal.
Por Gonzalo Ugidos
Salvo una calle en Pontevedra y una estatua, ensimismada como todas las estatuas, en la isla de La Toja pocos recuerdos quedan, y borrosos, de los pasos por el mundo de José Riestra López. Le gustaba cavilar y mirarse el ombligo en largos paseos por su comarca litoral. También él era una provincia peripatética, o eso se decía: que España tenía 48 provincias y la restante era la del Marqués de Riestra. Aunque irreconocible, 100 años después de su inauguración, el Gran Hotel La Toja, que fue suyo, como la isla entera de 110 hectáreas, evoca el tamaño de su opulencia. Durante siglos, los vecinos de O’Grove explotaron la isla como lugar de pastoreo, pero cuando se descubrieron sus fangos termales pasó a ser propiedad del marqués, que construyó su templo salutífero con los oropeles arquitectónicos de una época optimista y dada a las alharacas.
El Gran Hotel Balneario de La Toja nació, como Venus, del agua, y dicen también que, como el Taj Mahal, del amor que profesaba a su segunda esposa, María Calderón y Ozores, hija de los condes de San Xoán. La memoria de aquella mujer feraz que dio ocho hijos al marqués se ha extinguido 66 años después de su muerte; pero no la del agua que está en el origen de la vida de este balneario. Hace un siglo abrió sus puertas ofreciendo un novedoso menú de baños de sal, lodos, algas y masajes. Extraño placer al que recurrían caballeros con canotier y paraguas, y señoras de pamela ancha y esplín profundo. Ellos jugaban al póquer, ellas al bridge en tardes de bochorno y de color del membrillo. Juntos hacían excursiones por la ría de Arosa y pagaban 22, 7 pesetas en régimen de pensión completa. No podía quejarse del precio La Chata, la Infanta Isabel II de España, que con apenas 20 años se había quedado viuda tras el suicidio en Lucerna de su marido, el conde de Girgenti. Rechazada por el archiduque Luis Salvador de Austria, se consoló con los toros, las verbenas, las romerías, la simpatía del pueblo y los fastos nómadas por lugares patricios, como este hotel exclusivo e insular. Aristócratas y demimondaines conformaban cinematográficas estampas de antropología de la clase ociosa de la época.
En 1916, cuando el cinematógrafo aún andaba a gatas, el Gran Hotel fue plató para Miss Ledya, donde aparecía Castelao interpretando a un pastor prostetante. Acoger el primer rodaje realizado en Galicia fue el segundo blasón para el hotel; el primero, ser la primera obra gallega de hormigón armado. Muchos años después, Pedro Masó, que se había curado del surmenage en el Gran Hotel, lo eligió para el rodaje de las series Anillos de Oro, Brigada Central y Compuesta y sin novio. La madre de su hijo Jorge no sólo se curó allí de una neumonía, sino que también concibió en este lugar a su vástago, que ya ha cumplido los 18 años.
La salud tiene propiedades genésicas, como el talento. Es probable que algunas de las mejores ideas de Ramón y Cajal, Severo Ochoa, Xavier Cugat o Salvador de Madariaga vieran la luz a este lado del puente que une la isla con la tierra firme de O Grove (palabra inglesa que refiere un bosque). Salvo el pinar virgen, los árboles endémicos de antaño fueron desarraigados y poco quedó, sino el recuerdo, de la sombra hospitalaria de castaños y avellanos; pero el jardín del hotel exhibe 170 especies en unos 10.000 m2. Más allá, el aroma espeso de los eucaliptos endulza los pulmones. Las historias, cuando son lo bastante largas, propician esas mutaciones sobre el cañamazo del tiempo.
En vísperas de la Gran Depresión, el Gran Hotel pasó a manos de Pedro Barrié de la Maza y ahora es gestionado por Hesperia Hoteles, por cuenta del Banco Pastor, que, como Fenosa o los astilleros Astano, fue patrimonio de aquel emprendedor ennoblecido por Franco en pago a su ayuda financiera en la última guerra civil.
El poder erigió el Gran Hotel y el poder buscó su cobijo en la página más lustrosa de su historia centenaria. El gran acontecimiento se produjo en 1989, cuando fue la sede de la reunión del Club Bilderberg. David Rockefeller, Henry Kissinger, Giovanni Agnelli, Lord Carrington, la Reina Beatriz de Holanda y los Reyes de España, reconfortados por el rumor de las olas y en un silencio sólo roto por los graznidos de las gaviotas, debatieron en días de «cielo azul y temperaturas cálidas» (así lo anotó el cronista de El Faro de Vigo) sobre los desafíos del mundo, mientras la isla se convertía en una caja fuerte blindada por la Policía. Conectada al continente por un solo puente, aquella burbuja veneciana aseguraba la tranquilidad de los amos del mundo. Construido en 1911, con 400 metros de longitud, el puente de cemento fue en su momento el más largo del mundo. En los primeros cuatro años del Gran Hotel los clientes debían llegar en chalanas o a pie, si había marea baja.
Cocina de postín. En aquellos años inaugurales, el hotel reclutaba a sus camareros y cocineros en Madrid; pero en 1966, cuando la selección española de fútbol de Pirri, Gento, Zoco o Amancio se concentró allí antes del Mundial de Inglaterra, los cocineros nativos ya habían aprendido el arte del laureado Trois Filet Mignon: tres filetes de ternera, cerdo y buey, de 80 gramos cada uno, con sus correspondientes salsas. A la ternera le correspondía una de champiñón y puerro; al cerdo, una agridulce, y la grenoblesa al buey. El prodigio iba escoltado con un nido de patatas paja con suflé en el interior y un bouquet de guisantes franceses. Aquel eclecticismo proteínico recibía continuos parabienes de los huéspedes.
No es menos celebrado Enrique Martínez, el actual chef, que ha diseñado un menú especial del centenario que se degusta en el Torreón, decorado con fotos de la época en la que Emiliano Godoy, el panadero de entonces, era halagado por reinas europeas y matrimonios de todas partes. Sobre todo por los Metadier, una pareja francesa que se alojaba todos los veranos en la habitación 430. Por las tardes salían a ver ponerse el sol en San Vicente do Mar con su perra Bea, a la que paseaban los botones a cambio de una propina de entre cinco y 10 duros. No menos generoso era Eduardo Barreiros, magnate del diésel en España que, algo cansado del elevado consumo de los camiones, había construido su imperio transformando dos motores Krupp de gasolina en gasóleo. En aquellos años, en la terraza descubierta que daba al mar, y que ahora ocupa el restaurante Aqua, tocaban Los Cunters, una orquesta que ablandaba los corazones con ritmos americanos. El Aqua, junto al mar, es una galería colosal de cristales.
Se jugaba al tenis, al golf, al tiro de pichón y al croquet, y hasta las pistas llegaba el olor de la empanada de berberechos de Carmen Sanmartín, que atraía al comedor al Infante Don Juan Carlos de Borbón cuando hacía su meritoriaje de príncipe en la Escuela Naval de Marín (1957-58).
Anécdotas históricas. : Hay dos burros en la memoria sentimental del hotel. El primero no tiene nombre y su existencia real tiene amplias fronteras con la leyenda. Lo refiere la condesa de Pardo Bazán como asno moribundo que recobró la salud revolcándose en los fangos de La Toja. Las virtudes terapéuticas de los manantiales, desconocidas entonces, no fueron descubiertas por un hombre. El Colón fue un borrico cubierto de tiñas y mataduras que, abandonado a su suerte, se mostró al cabo de unas semanas con un lustre sano y una apostura de pura sangre. Si aquella receta funcionaba con los rucios, ¿por qué no con las personas?
En 1907, el arquitecto Daniel Vázquez-Gulías coronó una obra inspirada en los balnearios de Vichy y de Marienbad. Constaba de dos edificios conectados por una galería: el Casino, que tenía un comedor para mil personas y estaba cubierto por una cúpula con lucernario, y el Pabellón de Habitaciones. En la fachada de esta construcción soberbia un ángel trompetero anunciaba la majestuosidad del conjunto. El Gran Hotel era un templo consagrado al amor, la salud y la belleza. Con esas alegorías decoró el pintor Ramón Pulido algunos de sus ámbitos. Como la diosa que le da su nombre actual, el Hesperia sabe cambiar de forma y, en 1945, perdió en una remodelación los torreones que lo habían singularizado y los frescos y esculturas originales. La pompa del edificio desapareció en beneficio de líneas sencillas y severas, cuya única alegría son los toldos amarillos.
El segundo burro que marcó su historia se llamaba Jalisco y en los 50 tenía doble trabajo: además de transportar ropa de lavandería y botellas vacías, posaba con los turistas para las fotos. Por aquellos tiempos costaba entre 40 y 125 pesetas la noche y la pensión completa, 165. No era mucho para una clientela sobrada de dinero y ávida de salud y de glamour, como el productor de cine Cesáreo González, que paseaba en su descapotable a Lola Flores. Había 80 plazas de garaje y habitualmente las ocupaban Rolls Royce, Jaguar, Mercedes y otros emblemas de pertenencia al éxito. En aquellas carrocerías suntuosas llegaron a la isla el rey sueco Gustavo Adolfo o los mismísimos Reyes de España, que siguiendo los pasos de La Chata y de la reina Victoria Eugenia han sido prescriptores del hotel ante otras parejas reales como Balduino y Fabiola, los condes de Barcelona, los duques de Calabria o los de Palma.
También algunos plebeyos le han prestado su esplendor: Julio Iglesias, Torrente Ballester, Almodóvar, Sara Montiel, la baronesa Thyssen, Nacho Duato o Lucía Bosé han dejado sus firmas en el libro de oro. En una de las páginas del tomo correspondiente a mayo del 83, García Márquez dejó estas palabras de su puño y letra: «Mis mejores recuerdos, un lunes de lluvia y de vientos, como en la Galicia de los sueños». En la Galicia de los tópicos, el Hesperia de La Toja no es un lugar común, sino una isla de sosiego sobre otra isla que fue fango y barro y ahora es lujo y resplandor por el poder del agua.